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  • Cláudio Giordano

O vinho no D. Quixote

Várias são as passagens em que o vinho figura como elemento de destaque no D. Quixote. No Capítulo 35 lá está ele por conta de odres de couro que, na época eram usados como pipas, e que, em sonho delirante do Cavaleiro da Triste Figura, transformam-se em temíveis gigantes.


“Pouco faltava por ler da novela, quando do quarto onde jazia D. Quixote adormecido saiu Sancho Pança todo alvoroçado a gritar:


— Acudam, senhores! depressa! valham a meu amo, que anda metido na mais renhida batalha que estes olhos nunca viram! Deus louvado! pregou já uma cutilada no gigante inimigo da senhora Princesa Micomicadela, que lhe cortou a cabeça pelo meio como se fora um nabo.


— Que dizes, criatura? — perguntou o padre interrompendo a leitura — O Sancho está em si? Como diabo pode ser isso que dizeis, se o gigante está a duas mil léguas daqui?

Neste comenos ouviu-se do aposento um grande ruído, e a voz de D. Quixote que dizia em altos gritos:


— Espera, ladrão, malandrino, velhacão; estás seguro; não te há-de valer a tua cimitarra.


E nisto soavam pelas paredes grandes cutiladas.


— Não têm que pôr-se a escutar — disse Sancho; — entrem a apartar a peleja ou a ajudar meu amo, que talvez já não seja preciso; sem dúvida o gigante a estas horas está morto, e dando contas a Deus da sua má vida. Vi-lhe o sangue em enxurrada pelo chão, e a cabeça cortada e caída para a banda; é tamanha como um grande odre de vinho.


— Dêem cabo de mim — exclamou o vendeiro — se D. Quixote ou D. Diabo não deu alguma cutilada em alguns dos odres do tinto que lhe estavam cheios à cabeceira. Aposto que não é senão o meu vinho o que se figurou sangue a este palerma.


Assim dizendo, entrou no aposento com todos atrás de si, e acharam a D. Quixote no mais extravagante vestuário do mundo: estava em camisa, que não era tão comprida, que por diante lhe cobrisse inteiramente as coxas, e por detrás faltavam seis dedos. As pernas eram esguias e fracas, cheias de felpa, e nada limpas. Tinha na cabeça um barretinho vermelho e surrado pertencente ao vendeiro; no braço esquerdo enrodilhada a manta da cama, cenreira de Sancho, por motivos que ele muito bem sabia; e na direita floreava a espada nua, atirando cutiladas para todas as bandas, dando vozes como se realmente estivera pelejando com algum gigante. E o bonito era que estava com os olhos fechados, porque realmente dormia sonhando andar em batalha com o gigante. Tão intensa havia sido a apreensão da aventura que ia acabar, que o fez sonhar achar-se já no reino de Micomicão e a braços com o seu adversário; e tantas cutiladas tinha assentado nos odres, supondo descarregá-las no gigante, que todo o quarto era um lagar de vinho.



Logo que o vendeiro tal presenciou, encheu-se de tamanha cólera, que arremeteu com D. Quixote, e com os punhos fechados lhe começou a chover tantos murros, que, se Cardênio e o cura lho não tiram das mãos, a guerra do gigante se acabava ali para todo sempre. Pois nem com tudo aquilo acordava o pobre cavaleiro. O que valeu foi acudir o barbeiro com uma caldeira de água fria do poço, atirando-lha para cima de chapuz. Com isso é que o fidalgo despertou; mas, ainda assim tão pouco em si, que não reparou na lástima em que se achava.


Dorotéia, que tinha logo enxergado o como ele estava vestido à curta, não quis entrar a ver a batalha do seu defensor com o seu inimigo.


Andava Sancho buscando a cabeça do gigante por toda a casa; como não a achava, disse:


— Está visto que tudo aqui é encantamento: da outra vez, neste mesmo lugar em que me acho, apanhei um chuveiro de pancadaria e socos por estas ventas, sem saber quem fosse o das mãos rotas, nem ver alma viva; e agora vejo com estes cortar a cabeça e correr sangue do corpo como de um chafariz, e tal cabeça não aparece.


— Que sangue e que chafariz estás tu para aí alanzoando, inimigo de Deus e dos seus santos? — disse o vendeiro — Não vês, ladrão, que o sangue e o chafariz não são senão esses odres, que para aí estão arrombados, e o meu rico vinho tinto que nada no quarto? Nadar vejo eu nos infernos a alma de quem mos arrombou.


— Não sei nada disso — respondeu Sancho — o que sei é que hei-de ser tão mofino, que, por não achar a cabeçorra do bruto, se me há-de desfazer o condado como sal na água.


O pobre Sancho acordado estava pior que o amo dormindo; efeito das promessas do patrão. Desesperava-se o vendeiro de ver a fleuma do escudeiro e o malefício do fidalgo, e jurava que desta vez não havia de ser como da passada, irem-se embora sem lhe pagarem; que lhe não haviam de valer os privilégios da sua cavalaria para lhe não satisfazer tudo por junto, e até o que poderia custar a remendagem dos odres.”



(Trad. de Francisco Lopes de Azevedo Velho de Fonseca Barbosa Pinheiro Pereira e Sá Coelho (1809- 1876) Conde de Azevedo Antônio Feliciano de Castilho (1800-1875) Visconde de Castilho.)









El vino en Don Quijote



Son varios los pasajes en los que el vino aparece como elemento destacado en Don Quijote. En el capítulo 35 está allí por los cueros que entonces se usaban como barriles, y que, en un sueño delirante del Caballero de la Triste Figura, se transforman en temibles gigantes.


“Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:


— Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!


— ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba—. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?


En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a voces:


— ¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!


Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:


— No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino.


— Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote, o don diablo, no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.


Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado, grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo que arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.



Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.


Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no la hallaba, dijo:


— Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.


— ¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo el ventero—. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?


— No sé nada —respondió Sancho—; sólo sé que vendré a ser tan desdichado que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal en el agua.


Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían de valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a los rotos cueros.”







The wine at Don Quixote



There are several passages in which wine appears as a prominent element in Don Quixote. In Chapter 35 there he is on account of leather skins, which at the time were used as barrels, and which, in a delusional dream of the Knight of the Sad Figure, became fearsome giants.


“There remained but little more of the novel to be read, when Sancho Panza burst forth in wild excitement from the garret where Don Quixote was lying, shouting:


“Run, sirs! quick; and help my master, who is in the thick of the toughest and stiffest battle I ever laid eyes on. By the living God he has given the giant, the enemy of my lady the Princess Micomicona, such a slash that he has sliced his head clean off as if it were a turnip.”


“What are you talking about, brother?” said the curate, pausing as he was about to read the remainder of the novel.


“Are you in your senses, Sancho? How the devil can it be as you say, when the giant is two thousand leagues away?”


Here they heard a loud noise in the chamber, and Don Quixote shouting out, “Stand, thief, brigand, villain; now I have got thee, and thy scimitar shall not avail thee!” And then it seemed as though he were slashing vigorously at the wall.


“Don’t stop to listen,” said Sancho, “but go in and part them or help my master: though there is no need of that now, for no doubt the giant is dead by this time and giving account to God of his past wicked life; for I saw the blood flowing on the ground, and the head cut off and fallen on one side, and it is as big as a large wine-skin.”


“May I die,” said the landlord at this, “if Don Quixote or Don Devil has not been slashing some of the skins of red wine that stand full at his bed’s head, and the spilt wine must be what this good fellow takes for blood;” and so saying he went into the room and the rest after him, and there they found Don Quixote in the strangest costume in the world. He was in his shirt, which was not long enough in front to cover his thighs completely and was six fingers shorter behind; his legs were very long and lean, covered with hair, and anything but clean; on his head he had a little greasy red cap that belonged to the host, round his left arm he had rolled the blanket of the bed, to which Sancho, for reasons best known to himself, owed a grudge, and in his right hand he held his unsheathed sword, with which he was slashing about on all sides, uttering exclamations as if he were actually fighting some giant: and the best of it was his eyes were not open, for he was fast asleep, and dreaming that he was doing battle with the giant. For his imagination was so wrought upon by the adventure he was going to accomplish, that it made him dream he had already reached the kingdom of Micomicon, and was engaged in combat with his enemy; and believing he was laying on the giant, he had given so many sword cuts to the skins that the whole room was full of wine.



On seeing this the landlord was so enraged that he fell on Don Quixote, and with his clenched fist began to pummel him in such a way, that if Cardenio and the curate had not dragged him off, he would have brought the war of the giant to an end. But in spite of all the poor gentleman never woke until the barber brought a great pot of cold water from the well and flung it with one dash all over his body, on which Don Quixote woke up, but not so completely as to understand what was the matter.


Dorothea, seeing how short and slight his attire was, would not go in to witness the battle between her champion and her opponent. As for Sancho, he went searching all over the floor for the head of the giant, and not finding it he said, “I see now that it’s all enchantment in this house; for the last time, on this very spot where I am now, I got ever so many thumps without knowing who gave them to me, or being able to see anybody; and now this head is not to be seen anywhere about, though I saw it cut off with my own eyes and the blood running from the body as if from a fountain.”


“What blood and fountains are you talking about, enemy of God and his saints?” said the landlord. “Don’t you see, you thief, that the blood and the fountain are only these skins here that have been stabbed and the red wine swimming all over the room?—and I wish I saw the soul of him that stabbed them swimming in hell.”


“I know nothing about that,” said Sancho; “all I know is it will be my bad luck that through not finding this head my county will melt away like salt in water;”—for Sancho awake was worse than his master asleep, so much had his master’s promises addled his wits.


The landlord was beside himself at the coolness of the squire and the mischievous doings of the master, and swore it should not be like the last time when they went without paying; and that their privileges of chivalry should not hold good this time to let one or other of them off without paying, even to the cost of the plugs that would have to be put to the damaged wine-skins.”



(Translated by John Ormsby)




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